Jorge Coscia
Unidos o sojizados
Tomás Moro afirmó en la Inglaterra del siglo XVI: “las ovejas se comieron a los hombres”.
Se refería a la aniquilación de un sistema agrícola, que aunque clasista y feudal, albergaba a los hombres en el campo.
Los telares ingleses, demandaban lana como materia prima y hombres como mano de obra para la producción de los paños que se expandían por el mundo y los mares tanto como el imperio británico.
En la proximidad del bicentenario, se me ocurre pensar en otra metáfora. ¿Cuántas veces, en nuestros dos siglos, las vacas se comieron a los hombres?
La historia argentina ha estado signada por la recurrente hegemonía de un reducido sector económico, que jerarquizó su interés particular por encima del interés nacional y del conjunto social argentino.
Podríamos hacer memoria y aburrir con los ejemplos que abundan del modo en que las vacas y sus dueños, se deglutieron al resto de sus connacionales.
La historia argentina podría sintetizarse en una decena de episodios culminantes en que la derrota de las mayorías implicó una contundente victoria de la elite agrícola ganadera. El patriciado criollo, devenido en oligarquía, es aún hoy, aunque les pese a algunos olvidadizos, el sector que más privilegios ha acumulado en los dos siglos de nuestra existencia. Y lo ha hecho mediante un prepotente ejercicio de la política, que no escatimó mezclar la bosta de sus intereses con la sangre de los argentinos. La consigna de la Sociedad rural “cultivar la tierra es servir a la Patria”, intentó elevar a la categoría de servidores públicos a quienes han sido beneficiarios de una cadena de ventajas excepcionales que van desde la renta diferencial del rico humus pampeano, hasta la “ubicación” estratégica y oportuna de decenas de ministros de origen “rural” en los gobiernos más reaccionarios.
Nuestra historia es en tal sentido recurrente, porque a diferencia de los países exitosos, que resolvieron sus contradicciones entre campo e industria por la expeditiva vía de aniquilar cualquier residuo feudal y parasitario en su esquema productivo, la Argentina, como gran parte de la América Latina, ha consolidado en dos siglos, una estructura agroexportadora de comodities sin valor agregado, devenida en el lastre esencial de su retraso y sus injusticias.
Ucronía en el norte, realidad en el Sur
¿Qué hubiera ocurrido en Norteamérica si la Guerra civil la hubiera ganado el Sur esclavista? La respuesta podemos encontrarla, aquí mismo en la victoria histórica de nuestro propio “Sur”, que impuso los intereses agrarios, latifundistas y anti industriales, para beneficio de sus necesidades de intercambio con el norte desarrollado.
La conquista del desierto, el alambrado, los ferrocarriles y los frigoríficos, no hicieron sino aumentar en nombre del progreso, el apetito de las vacas que siguieron devorando a los hombres de una argentina que enriquecía a pocos y sumaba pobres. En el Centenario se consagró ese modelo de progreso y riqueza con exclusión social, sostenido por las mieses del campo, la policía brava y las ligas patrióticas de jóvenes tilingos que reprimían a los obreros disconformes.
La inmigración, que buscaba aquí lo perdido en Europa, encontró pobre reparo en las planicies ya repartidas. Sólo una minoría de vascos y gringos, logró engrosar la periferia de esa elite agroexportadora.
Es interesante el relato de los contemporáneos de aquella época. Blasco Ibáñez, describe en “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, el modo en que las hijas de un español dueño de miles de hectáreas en la provincia de Buenos Aires, casa a sus hijas con un francés y un alemán respectivamente. Ambas simientes, sentarán las bases de una generación de cajetillas, los de la vaca en el barco y el palacete francés.
A partir del Centenario y consolidado el modelo agroexportador, la historia argentina devino en una impiadosa pulseada entre dos proyectos: Uno aristocrático, agrícola y rentista, el otro formado nuevos y cambiantes actores populares, capaces de disputar el derecho a dirigir la argentina y discutir el reparto de la renta nacional.
Esta puja, aunque enmascarada, aún continúa.
Con Irigoyen y Perón, se expresaron las fuerzas democráticas reales, posibles y, mal que les pese a algunos, progresistas del siglo veinte.
Los liberales suelen decir que somos ciudadanos del mundo. Paradójicamente por serlo, fracasaron siempre sus proyectos de ínsula agroexportadora. Nuestros precios agrícolas no dejaron en ese período de retroceder frente a los bienes industriales. Sendas guerras mundiales, generaron tímidas aunque persistentes procesos de industrialización y reemplazo de manufacturas. El otro modelo, el industrial, el del “Norte”, apareció y aún persiste, con sus fuerzas productivas y sociales como el gran rival del modelo pastoril y agrícola.
Esta puja, se ha dado del modo particular en que suelen expresarse las luchas sociales, sin maniqueismos ni simplificaciones de buenos contra malos.
Como en las guerras de nuestra independencia, en que había criollos del lado español y hasta españoles del bando criollo, de igual modo los sectores sociales se han agrupado de manera irregular y cambiante. El partido radical, tenía en sus orígenes una inequívoca base popular, de vertiente federal y criolla. También sectores populares y medios de origen inmigratorio. Pero había en sus filas y en su dirigencia, nombres patricios y ganaderos de renombre. El propio Irigoyen lo era y ni que hablar de Alvear y la media docena de Ministros socios de la Sociedad Rural de sus gobiernos. Uno podría definir al primer presidente radical como expresión del intento de conciliar las dos argentinas del bicentenario.
El “régimen” que enfrentaba Irigoyen, ala dura y reaccionaria de la Argentina rural, era tan indefinible y confuso, como la cambiante aglutinación de fuerzas sociales y productivas en la Argentina de entonces. Lo popular y democrático era su opuesto, pero la crisis del treinta y el colapso del modelo agroexportador de bienestar, quebró el radicalismo y devolvió a cada uno a su propia casa, al menos por un tiempo.
El golpe del treinta restaura la hegemonía sin intermediarios de la elite agroganadera asociada con el capital inglés.
La Argentina vuelve a ser una gran estancia, que negocia directamente con “la city”, sin más mediación que un gobierno que le es tan propio como el casco de sus estancias.
La bosta vuelve a ennegrecerse con la sangre de miles de tuberculosos y excluidos, en un país que exporta las proteínas que niega a sus humildes. Es la era del Sexto dominio, en la que con el Pacto Roca Runciman, la Argentina oligárquica reclama su lugar de colonia en el Imperio. A cambio de lograrlo, se transa con priorizar las importaciones inglesas, que combinadas con sus ferrocarriles sumarán veinte años de irrecuperable retraso nacional, para nuestra capacidad industrial.
Se cultivaba la tierra y se entregaba la Patria.
El peronismo nace como expresión renovada y vigorosa de las fuerzas sociales que se acumularon en la Argentina como consecuencia de la crisis del treinta y la segunda guerra mundial. Distraído el capital imperialista en sus propias pugnas, nos dejaban a la buena de dios y en ese trance, no había más remedio que producir aquí lo que no nos mandaban. Se consolidaba también una incipiente soberanía económica, incentivada por el Estado que se ocupaba del Petróleo y del acero, con Moscón y con Savio.
El campo abastecía los campos de guerra, con comodities pagadas a largo plazo.
Los liberales anteriores al peronismo, como Pinedo o Prebisch, escandalizarían a los de la década del noventa con sus medidas estatizantes e incentivos a la producción industrial, resultado de esa situación en la que Keynes, crisis del capitalismo mediante, comenzaba a imponerse a Adam Smith en el corazón del Imperio británico.
Algunas de esas industrias, serían fuertemente complementarias del modelo agrario, ya que no rivalizaban con las ofertas industriales de los socios británicos y norteamericanos. Taiwán era entonces, solo el nombre de una isla y Japón la promesa de una derrota inevitable.
A partir de la caída del peronismo, se consolidó un modelo funcional al establishment, que dirimió la rivalidad agro vs. Industria y trabajo, con represión, golpes y cuartelazos. La Sociedad Rural y la Carbap, siguieron propiciando una Argentina pastoril, incompatible con una sociedad que había probado los beneficios sociales del peronismo.
Ese modelo, nunca pudo consolidarse políticamente. Pero sí pudo obturar cualquier proyecto alternativo que cuestionase sus negocios, no solo del peronismo, sino también de sus aliados “democráticos” del 55, como Frondizi y el radicalismo.
Los años posteriores, vieron retroceder los términos de intercambio entre productos agrícolas y bienes industriales. Esta debilidad, no le impidió a los grandes propietarios de la tierra, sacar fuerzas de sus nuevos aliados, el capital internacional usurero y especulador y las empresas desnacionalizadas.
La inexistencia de una burguesía nacional, conciente y orgánica, cargó las espaldas de un peronismo que, aunque expresión popular y mayoritaria del frente nacional, dividido y debilitado, fue un campo de batalla más de la guerra civil cada vez menos larvada entre dos proyectos irreconciliables de país.
En 1976, la Sociedad Rural y sus aliados se adueñaron del estado y en función de su proyecto mezquino y de exclusión, lanzaron la más cruel represión de nuestra historia.
Las vacas tuvieron su mayor y más trágico festín. La sociedad rural era una fiesta.
Celedonio Pereda, su presidente agasajó en nombre de los “agricultores” argentinos a la Junta de comandantes con las siguientes palabras: “El proceso de moralización iniciado en marzo de 1976 se nota en todos los niveles del cuerpo social. Es indudable que cuando las autoridades dan el ejemplo con su actitud de austeridad y ecuanimidad y sobrio uso del poder, promueven la emulación y el respeto de todos”.
Quienes consideren a este discurso como genuflexo del poder se equivocan. Eran los comandantes y la cúpula del ejército argentino, los genuflexos del verdadero poder detrás del trono en la Argentina. Esos oficiales salidos mayoritariamente de familias de la clase media, eran el resultado de un formidable proceso de colonización cultural y adoctrinamiento que combinaba el “aquí se enseña a defender a la Patria” con el “Cultivar la tierra…” también es servirla.
El resultado de esta dramática conjunción aún perdura. Su proyecto está casi intacto y la apariencia más mundana de sus herederos no debe llamarnos a error: Los oligarcas no existen, pero que los hay, los hay. Son el partido en las sombras del siglo XX que vuelve a amenazarnos en los albores del siglo XXI, con igual mezquindad e idéntico propósito: Según ellos el país debe volver a ser una estancia, previsible y funcional a unos pocos.
A este partido que nunca va a las urnas, le sirven como siempre otras fuerzas políticas, con un espectro sorprendente que incluye autoproclamados progresistas con “fachos” irrecuperables. En el medio la respetable centro derecha de los que “quieren al campo” pero no las retenciones.
La imagen de Carrió, arengando productores agropecuarios en los episodios del vergonzoso Lock out agrario, deberá ser recordada como la más importante confesión de parte, de su de su conservadorismo económico.
¿Qué le pasaría a los millones que la votaron si triunfa el Lock-out patronal? ¿O es que a Carrió la votaron solo laboriosos campesinos y fatigados labradores?
Carrió deberá rendir cuentas de esa formidable traición a los sectores medios que la votaron.
El retroceso de las retenciones si se produjera, debería ser pagado también por ellos a menos que se crea en una utopía mucho mas ingenua que la setentista: la del mercado que todo lo ordena sin regulación del Estado. Las retenciones actúan como un doble freno a dos iniciativas del mercado añoradas por “el campo”: la soja dependencia y la consolidación de una burbuja inmobiliaria que ha transformado a los otrora esforzados propietarios de un centenar de hectáreas en potenciales especuladores y rentistas.
Solo la regulación y una política de incentivos y retenciones puede poner a los excedentes de la renta diferencial de nuestras comodities, al servicio de todos los argentinos.
Un mail que circula por ahí, sostiene en defensa del Lock out que “el campo somos todos”. Tienen razón, pero con un sentido inverso al que proclaman:
El campo somos todos porque todos subsidiamos la licuación de la deuda agraria generada por el “uno a uno” y la consiguiente devaluación de la producción agrícola.
Somos todos porque todos rescatamos sus deudas e hipotecas. Somos todos porque las retenciones efectivas del uno a uno que desmantelaron la Argentina, equivaldrían hoy a retenciones del 70% sin que por ello “el campo”, léase Carbap y Sociedad rural, dejaran de aplaudir a Cavallo en la Exposición Rural y en sus políticas de ajuste.
Y somos todos, porque lo que llaman retenciones lo son de las ganancias extraordinarias que hoy son posibles por las políticas de Estado de un gobierno que votó una mayoría de argentinos. El resto, debería averiguar, que consecuencias tendrá el triunfo de ese sector agroexportador que apoyan algunos de sus líderes, como Carrió o Macri, ya que cada vez que “el campo” impuso sus aprietes, los apretados fuimos una mayoría de argentinos.
Y en tren de setentismo y de vacas devorando hombres, no puedo evitar recordar una pintada de aquellos años que decía textualmente: “Para terminar con la veda, hay que faenar a los ganaderos”. A los verdaderos hombres del campo, que invierten y producen, ya casi los “faena” el neoliberalismo en los noventa. Hoy la propuesta es más simple y menos violenta: Para que no nos devore la soja, hay que defender las retenciones e invertir sus beneficios en la reconversión productiva que asegure una nueva Argentina.
EL REGRESO DE LA GENTE DECENTE
La sociedad rural, por sí sola, no puede hoy imponer sus mezquinos sueños, como lo hiciera en los episodios funestos recordados. Pero ha contado en la vergonzosa jornada del 25 de marzo, con inesperados o al menos, sorprendentes aliados:
La pantalla de algunas señales de TV, que más que informar, agitaban a la rebelión y aplaudían con sus comentarios los cacerolazos de las zonas de mejores recursos de la Capital federal. Uno se pregunta si la entusiasta y reaccionaria militancia mediática era una expresión de la libertad de prensa, o un mero apriete del poder mediático al poder del mandato democrático. La pantalla dividida entre la imagen de la presidenta y la de un oscuro dirigente de Gualeguaychú, subvertía la equivalencia que debería haber en los medios entre representación e información, conformando por sí misma una editorial sin palabras. Con el tratamiento de un hecho policial subvertido en el relato: una casa tomada (la Argentina) por un reducido grupo (los productores rurales) y los rehenes (el conjunto del pueblo argentino amenazado por el desabastecimiento).
La historia recordará seguramente la responsabilidad de esos medios de comunicación en el más grande intento desestabilizador que recibiera un presidente argentino a solo cien días de iniciado su mandato.
Valga como ejemplo del dislate, la referencia a que el mejor tratamiento que la TV privada hiciera de los hechos, correspondió a TVR. Allí vimos a los dirigentes rurales hablando de “negros villeros”, o cortando llantas de camiones. Allí vimos a las elegantes caceroleras de la Plaza haciendo la señal de “les vamos a cortar el cogote” o los carteles que insultaban a la presidente y al hacerlo a la democracia de los argentinos.
Allí vimos a parte importante de la dirigencia del corte de Botnia, corresponder el respaldo de muchos argentinos a su lucha ambientalista, con una amenaza de desabastecimiento, inflación y hambre. Allí vimos describir la antinomia entre ciudadanos y piqueteros, en una de las mas formidables y discriminatorias coberturas que marca un antes y un después en la historia de la TV privada en la Argentina.
Después de dos años de cortes, los piquetes entrerrianos de Gualeguaychú y algunos de sus persistentes líderes, se dieron vuelta hacia el Oeste.
De ese modo el experto en cortes ambientalistas Alfredo De Angelis lideró además de los cortes de rutas de la ruta 14, una memorable traición a sus connacionales.
En una de sus esclarecedoras notas de los días del lock out patronal, el periodista Alfredo Zaiat escribió en página 12:
“Gran parte de los pequeños productores del núcleo rico de la pampa húmeda tiene comportamientos similares a los de la clase media urbana. Aspira a tener el status de vida de hacendados y a la vez trata de imitar pautas de consumo de la clase acomodada. Expresa terror de retroceder en esa escalera de ascenso social y por eso a veces reacciona con virulencia hacia los integrantes del escalón inferior y también hacia el Estado. Pero igualmente quiere y exige que ese Estado lo proteja” agrega más adelante:
“En general el problema es que por la forma en que ha construido su conciencia de clase y la consiguiente ubicación en el mundo económico confunde muchas veces la trinchera. En esas oportunidades se vuelven reaccionarios y conservadores, instancia que los grandes aprovechan para ponerlos al frente de sus propios reclamos que, por esa peculiar alianza, pasan a ser compartidos, aunque lo ganadores terminarán siendo los mismos de siempre”. (Alfredo Zaiat. Página 12 – pag. 8- Sábado 5 de abril de 2008)
La sociedad rural, sola no puede, pero cuenta con un inesperado y vigoroso frente, en el que la fuerza de choque se amplifica en la pantalla televisiva. Los rostros de Carrió, Buzzi, De Angelis en primer plano. Un poco detrás, más en las sombras, los de Miguens, y el de Cecilia Pando, con todo lo que representan.
La movilización del martes 1 de Abril, fue la contracara de esos rostros del pasado.
Los dirigentes de la Federación Agraria Argentina, están a tiempo de salirse de una huella que de persistir los ubicará en la lista de los dolorosos errores de nuestra historia.
Solo deberían atender los intereses de sus representados, en la más genuina tradición del grito de Alcorta. Esperemos que salgan a tiempo de esa foto que los toma codo a codo con los enemigos de sus más profundos intereses.
En los días del lock out fueron criollos del lado de los godos, pero sus diferencias con el gobierno tienen hoy respuesta y solución posible. Que la memoria los ayude a recuperar el camino.
Jorge Coscia
Arturo Jauretche decía que no hay una historia política, sino “una política de la historia”. El relato de los hechos del pasado es sin lugar a dudas una de las maneras más explícitas e ideológicas de hacer política.
Nadie podrá entonces reprocharle demasiado a Rodolfo Terragno su política de la historia en torno a la reivindicación de los gobiernos de Arturo Frondizi y Raúl Alfonsín en los que, con recuerdos y omisiones sostuvo –hace unos días en el diario Clarín - que sus proyectos aún perduran: “uno cambió la economía nacional. El otro consolidó la democracia y fijó una agenda que todavía está vigente”.
Terragno enumeró los logros de ambos mandatarios destacando que “condujeron a la Argentina en tiempos difíciles para Latinoamérica”. De entrada subrayó que “Observaron paisajes invisibles para el gobernante que sobrevuela encuestas y calendarios electorales” en maliciosa comparación con un presente en el que los políticos y el Presidente Néstor Kirchner estarían distraídos en temas poco trascendentales, lejos del Paradigma de Terragno: “lo importante no es durar. Lo importante es perdurar”.
El artículo en conjunto conforma una suerte de esforzado revisionismo para consumo de sectores opositores, que poco aporta a la verdad histórica o, para ser sinceros, a una política de la historia que ilumine el presente.
Toda la nota del ex Jefe de Gabinete de Fernando de la Rúa es un ardid intelectual lejano al ‘vuelto alto’ que pide Terragno a los políticos.
Es cierto que Frondizi “libró la batalla del petróleo”, catapultó industrias madre, promovió el Chocón, impulsó el boom automotor y lo hizo dos décadas antes de la aparición de la PC. Pero es preciso señalar que lo hizo pocos años después del derrocamiento de Juan Perón, en un país donde la mayoría de los argentinos carecía del derecho al voto soberano y condicionado por un partido militar preocupado por mantener la exclusión de esas mayorías.
Como no recordar que Frondizi llegó a la presidencia luego de un acuerdo con Peròn bajo el compromiso de legalizar al partido justicialista. Acuerdo que no cumplió.
Frondizi llega a entrevistarse con el Che Guevara en Punta del Este, pero tambièn implementó el Plan Conintes, continuidad represiva de la Revoluciòn fusildora.
Frondizi no cae por la mera recreación de la guerra fría, sino por no garantizar al poder militar oligárquico la más completa proscripción del peronismo y la represión de los trabajadores que intentaban recuperar los derechos perdidos en 1955.
El otro estadista que recupera Terragno en su revisión es Alfonsín, menos lejano y aún frescas las huellas de su paso por la historia. Se coincide con el esfuerzo reivindicatorio de Terragno en relación a los méritos y esfuerzos del primer presidente argentino elegido sin proscripciones desde 1974. Su impulso al juicio a las juntas militares y sus difíciles pasos en una Argentina colapsada y endeudada por el Proceso, ameritan una comprensión y un reconocimiento de su principal protagonista.
Pero es evidente el esfuerzo que Terragno realiza para inflar su reivindicación.
Menciona por ejemplo la “civilización del frío” expresada en el intento de trasladar la Capital Federal a Viedma pero omite el punto final y la obediencia debida, o las razones que llevaron a los 13 paros generales. También es bizarro el recuerdo del plan Okita, artífice del milagro japonés, , ya que el “milagro” alfonsinista fue en realidad encomendado a pensadores más cercanos como Sorrouille o el mismo Terragno. Así mismo es desconcertante la mención a una “segunda República” expresada en el intento de Alfonsín de crear un régimen semiparlamentario, expresado luego en el Pacto de Olivos y la reforma del 94.
Si como Terragno propone: “la decantación histórica obligará a reconocer sus aciertos gubernamentales e ignorar lo demás”, es al menos sincero en su sugerencia de no recordar el estrepitoso fracaso de un gobierno que debió adelantar su salida con un 5000% de inflación anual.
Sin duda los gobiernos de Frondizi y Alfonsín aportaron a la historia sus mejores intenciones, pero la benevolencia que Terragno se contrasta con su propia incomprensión /cuando no impiedad) con el extremo más visible de la historia que es el propio presente de los argentinos.
Si se esfuerza en reivindicar tanto con tan poco, sería de esperar de su parte una comprensión proporcional con el gobierno que está concretando muchas de las mejores aspiraciones del desarrollo nacional.
Pareciera que hoy “hay viento de cola” y la “coyuntura internacional es favorable” y sólo eso determina que presenciemos lo niveles más altos de crecimiento y reindustrialización. Se olvida que el actual gobierno comenzó sus mandatos que en coyunturas equivalentes hubieran asustado a los más valientes funcionarios de aquel entonces. El agravamiento de la crisis argentina con el consiguiente estallido del 2001 es la referencia histórica ineludible para el análisis del presente.
La coyuntura internacional propone desafíos, pero limitadas oportunidades, que el actual gobierno aprovecha y ensancha con algo más que formulaciones “para la posteridad”. ¿Que dirá la posteridad del achicamiento más grande de deuda externa lograda por Estado alguno?
En materia de civilización del frío, la capital por supuesto no se mudó a la Patagonia y es paradójico pensar en que una vez más “Mahoma fue a la montaña” con un Presidente patagónico en la Casa Rosada, ampliando la visión de integrar y desarrollar el sur argentino con algo más que armado de electrónicos.
Terragno enumera las limitaciones que tuvieron Frondizi y Alfonsín para llevar adelante sus sueños. No fueron los únicos. Las limitaciones son inherentes al cargo de Presidente, por lo menos por estas latitudes. En tren de enumerar limitaciones, el actual Primer Mandatario fue el menos votado de la historia, la crisis de 2001 estaba fresca, los políticos no podían salir a la calle sin el riesgo de ser linchados, las corporaciones se disputaban las migajas y restos de la Argentina. Se había entrado en el default más grande de la historia económica mundial. Especialistas de todos los sectores coincidían en definir a la crisis argentina como la peor de nuestra historia: 60 por ciento de la población en la pobreza, 24 por ciento de desocupación, 5000 puntos o más de riesgo país por el default, la pesificación asimétrica, el corralito, etc.
Sería una buena experiencia adoptar la lógica que Terragno aplicó en la historia para el presente político, que es la parte blanda y ardiente del magma de la Historia. Esto sin duda ayudará a la consolidación de nuestros mejores sueños y proyectos incluyendo los de los presidentes Frondizi y Alfonsín, muchos de ellos cristalizados, otros rotos, pero la mayoría necesarios para asegurar el futuro, como el juicio y castigo a los responsables del genocidio.
A modo de ejemplo comparemos logros de gobierno. PBI: durante la presidencia de Frondizi creció 12.8 por ciento, entre 1983 y 1989 la economía cayó 0,8 por ciento y desde el 25 de mayo de 2003 hasta la actualidad el PBI subió 40,7 por ciento. El PBI per cápita se incrementó 65,1 por ciento en el primer caso, cayó 10,7 en el segundo y aumentó 98,1 en el tercero.
Si estudiamos la industria automotriz, el crecimiento con Frondizi fue extraordinario (se multiplicó por cinco), con Alfonsín la producción cayó 20 por ciento y las ventas 12 por ciento. En el caso del actual gobierno, en 2006 está previsto que las ventas y la producción se acerquen al récord histórico de 1998. Durante agosto último, se lograron niveles mensuales récord en la producción, exportación y ventas al mercado doméstico de automóviles. Para este año está previsto que se tripliquen las ventas y la producción de autos respecto al piso de 2002.
Siguiendo los tópicos que eligió Terragno, la generación de energía aumentó durante Frondizi 37,1 por ciento, 27,5 en los ochenta y 48,3 en los últimos tres años.
Si lo importante es perdurar, la verdadera memoria, la más imborrable que es la del pueblo, se construye en los millones de hogares de quienes han recuperado su esperanza con oportunidades crecientes de trabajo, producción, justicia, consumo y educación, de un modo pocas veces visto en la historia más reciente de los argentinos.
Y si aún así, se tiene alguna duda, tal vez ayude consultar alguna encuesta, que mal no viene para saber en que anda la historia en este tramo del camino.
Jorge Coscia
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